Diariamente nos sentamos delante del televisor, nos despojamos de nuestra voluntad, la disponemos mortecina acorde a nuestro ritmo neuronal y finalmente degustamos nuestra morfina.
Esa morfina que actúa al igual que otra droga, adormece nuestra propia determinación así como la correcta percepción de la realidad admitiendo las “noticias” como si de una ciencia exacta se tratara. Esto se debe a que las vemos repetidas una y otra vez, hora a hora, día a día. No es nueva la cita de Goebbels (Ministro de Propaganda e Información del III Reich alemán encabezado por Hitler)
de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Un ejemplo reciente es el referente a la salida de la crisis, que tan a la orden del día está y todo ciudadano ansía con vehemencia.
Esta salida se basa en disponer un vía crucis al ciudadano de a pie que este debe asimilar como buen súbdito con el dogma de que “no hay más alternativas, no hay más salida que la reforma laboral, que es lo que en Alemania y otros países ha funcionado por lo que España hace lo correcto en una reforma histórica y por tanto, aquellos que se opongan van en contra de la realidad democrática del Parlamento, representante de la soberanía popular”.
Una vez más, pretenden que el ciudadano asuma medidas dolorosas pero según los gobernantes, necesarias puesto que es más sencillo digerir un sacrificio que se padecerá mañana que no hoy. Lo que no sabe la gran mayoría es que no es una medida, si no un problema, para ofrecer soluciones, que a su vez crearán más problemas conformándose una espiral cíclica del sistema según los dictámenes del BCE, Alemania y los grandes bancos como Goldman Sachs.. Es decir un crecimiento exponencial de las crisis causadas por el sistema. Estas crisis agravan el proceso de esclavitud moderna inducida mediante el conformismo moral como si de una amnesia generalizada se tratara.
Dicho conformismo moral comienza cuando nacemos, pues nuestros padres ya son meros súbditos de la liturgia del capital basada en trabajar aceptando la vida que nos ha sido planeada. En cualquier trabajo debemos aceptar sumisión fiel al dirigente, dueño o patrón, padecer humillaciones pasivas y un agotamiento mental notable. Tras esto nuestra voluntad se ve mermada para indagar en cualquier inquietud al mismo tiempo que advertimos la instigación de gratificar mediante nuestra obediencia la posibilidad de poseer un trabajo por medio de loas encomiásticas y asumimos fielmente regulaciones laborales, recortes salariales y coacciones ideológicas, tales como el de la criminalización de nuestros ideales o la simple disposición a ejercer el derecho a la huelga(quien sabe por cuánto tiempo seguirá vigente).
En su oficio, al ciudadano se le apresura y espolea frenéticamente como si de una evaluación científica se tratara para que produzca como si fuera un robot o una máquina, como podemos ver en cadenas de montaje, en compañías hortofrutícolas, centros comerciales como Mercadona o incluso en los eslabones más bajos de las grandes transnacionales o bancos como Banco Santander.
Acatamos un trabajo en el que se valora una competitividad vana, sí vana, pues la conciencia del hombre, de su bienestar, de su reflexión… se ve resquebrajada en favor de la productividad, la capacidad de la mercancía denominada trabajador para realizar más mercancía que sea consumida por más ciudadanos de forma masiva.
Este paradigma conforma el atrezo de su realidad cuan un decorado de teatro, mejor dicho de televisión ,pues esta se encarga de minar nuestra inteligencia configurando la imagen de un sistema que en sí misma es nuestra propia cárcel, nuestros barrotes de hiel en un mundo sórdido, áspero y solitario, donde prima la individualidad y competitividad sobre la cooperación y el diálogo.
Así se crea un mundo basado en parcelas, barreras y fronteras, un mundo que hace diferencias racistas, lingüísticas, corporativas, culturales, sexistas, etc. No es nuevo el dicho de “divide y vencerás” empleado por el sistema para distribuir a las personas como un grey de cifras en diversos compartimentos que nunca tengan relación entre sí, ya que la “unión hace la fuerza”. Vemos ejemplificado el hecho de la competitividad sobre la cooperación mencionado anteriormente.
Los trabajadores, a su vez consumidores se ven obligados a introducirse en la red del consumo con cantidades insólitas de dinero al que rinden culto al igual que un dios como consecuencia de la filosofía calvinista. Un dios que representa la hambruna intelectual la cual trunca la libertad de pensamiento, y está es indispensable para ejercer la libertad de expresión. Como discurrió Montaigne: “La verdadera libertad es el dominio absoluto de uno mismo”. Dicho esto, el medio para lograr dinero es un trabajo, supuestamente digno, pero visualizado el panorama bastante inverosímil, por lo que el ciudadano se ve obligado a venderse junto a y contra sus semejantes competiendo ferozmente en beneficio de unos pocos, sus jefes en la corporación o empresa.
En efecto, vislumbramos la lucha de clases postulada por Marx y Engels, quienes diferenciaron a lo largo de la historia entre libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores feudales y siervos, maestros y oficiales, burgueses y proletarios y en nuestro tiempo, de forma más compleja se ha conformado una pirámide compuesta por banqueros, ejecutivos, gobernantes y altos empresarios seguidos de los ciudadanos de a pie e, incluso en tiempos de crisis ha surgido un eslabón más abajo, prácticamente en el sótano de la pirámide, los trabajadores pobres. En nuestro país 12 millones de personas están en riesgo de pobreza y se han alcanzado niveles de desigualdad equivalentes a 1945, en plena dictadura franquista (vayan sacando conclusiones).
La asimilación de esta cruda realidad, se debe al simple hecho de que el grueso de la población no contempla tal paradigma ya que sus medios de (des)información se encargan bien de desviar la atención de los problemas esenciales , manteniendo al público en la ignorancia y la mediocridad pues la cultura hace surgir dudas y estas respuestas o bien , reforzando la auto culpabilidad de su situación.
Este último factor merece la pena prestarle la atención que merece, pues desde las altas esferas de poder, sentencias judiciales .telediarios, circo mediático, discursos políticos etc. cae el opio que culpa a aquellos que están sumidos en la más tórrida miseria tanto física como mental, pues ni tiene trabajo ni capacidad para subsistir ni tampoco capacidad de reflexionar sobre la verdad que le ha sumido en el sueño, o más bien , pesadilla mortecina de la que no pueda salir. Le coartan la solución que pueda solventar sus problemas porque el sistema quiere miserables, quiere olvidados y productores, no quiere personas, quiere cifras, no quiere cerebros, quiere robots.
Con estas instrucciones hipócritas que se difunden bajo cuerda del Estado del Bienestar, convertimos la obediencia en nuestra segunda naturaleza subordinándonos por cultura y sin saber parcialmente por qué, porque no sabemos otra cosa. Lo contrario supondría la desobediencia , la revolución,, el cambio , el riesgo de salir de la caverna y quebrar los grilletes para ilustrar la luz de la verdad a nuestros compañeros.
Pero desde un primer momento asentamos la existencia sobre el tríptico de obedecer, consumir y producir. Obedecer al gobierno y al jefe, consumir para alcanzar una felicidad que nunca alcanzaremos pues la basamos en la nada y cada vez tenemos más sed de plenitud y producir para que otros consuman y se subordinen sistemáticamente.
Moral de la resignación, del hambre, de la angustia, del miedo a fin de que el esclavo moderno esté convencido, coaccionado y adormecido por la conjetura de que no existen otras alternativas en lo referente al mundo real presente. Ya reflexionó Nietzsche sobre tal hecho sobre la moral del esclavo, quien cree que la obediencia es buena y se supedita a dicha moral para hacer más llevadera su existencia.
En definitiva, promuevo la guerra, la guerra en vuestras mentes ,el mismo estado de guerra que os ha sido instaurado por los transgresores mediáticos, para descubrir la verdad sobre su mentira sutil y totalizadora. .La verdad nos hace libres y nos exime de nuestra ceguera en tiempos donde nos conducen idiotas viles o malvados ignorantes. No sean vacuas almas en manos de pastores especuladores.
Hace 23 años el mundo observó cómo se derrumbaba el muro de Berlín con las mismas manos de sus ciudadanos, hoy me gustaría que hicierais un esfuerzo aún mayor y que con la fuerza de vuestra voluntad quebréis el cerco que os ha sido impuesto y ser dueños de vosotros, ser dueños de vuestras vidas, no mercancía.
Por Antonio Morillo.