Vivimos abrumados por el miedo, un arma en manos de aquellos que supuestamente nos informan, gobiernan y guían por este mundo de mentiras, desorden en su “orden” y caminos erróneos éticamente hablando.
Es un artilugio intelectual sutilmente empleado por medio de lo que concebimos como verdadero cuando nos encontramos ante una cortina de humo detrás de la cual encontraremos la realidad. Pero entre dichos lugares hay un muro o cerco ubicado por quienes manejan el paradigma actual ataviado a las redes del poder.
Estas malévolas telarañas establecen un orden mundial liderado por mercenarios y corruptos que prometen el bien de los que se encuentran tras la cortina para arribar falazmente a la orilla del poder mediante el miedo encarnado en el desempleo, la inmigración, la jubilación, no poseer más bienes inútiles, atentados sistemáticos o la “otra vida”, es decir preocupaciones triviales e insustanciales con respecto a la raíz de problema.
Esto acrecienta toda vanidad intelectual a fin de que el pueblo amansado pierda toda inquietud que le impulse para hallar la verdad, ese punto imposible de alcanzar porque si no tienen desasosiego por el empírico dilema nunca lo hallarán debido a que el miedo desvía su mirada hacia un molde irreal grabado en sus mentes por quienes posees el poder suficiente como para trajinar con los hilos del pánico y la comunicación, aquellos quienes poseen el dinero.
En este contexto quien no se encuentre perspicazmente drogado, es decir quien no haya perdido la fuerza de voluntad para razonar y cambiar lo que le rodea comprenderá quien le manipula y de qué manera.
Sean telediarios, periódicos, sacramentos religiosos, guerras, discursos políticos, falsos y nulos recortes sociales, créditos bancarios inacabables y un cúmulo de artimañas los que engendran un sistema ideado para los gobernantes. Actualmente son esos sujetos amparados por los capataces votados por el miedo del pueblo, y no por el pueblo, ya que este o su mayoría no tiene voluntad ni razón sino un vehemente miedo que le incita a cambios bruscos e inútiles que le ciñen de forma más ruda y violenta pero a la vez aguda el yugo del esclavo.
Dicho yugo se le aferra cuando el “esclavo” pervive en una tramoya ingeniada por los que procuran abarcar cada vez más en detrimento de la multitud que se achaca la culpa de la situación aferrándose a su vez a una moral que le haga más llevadera su condición de oprimido y marginado sin saber conscientemente que lo es.
Si uno no se libera de la sumisión intelectual, no será libre social, política ni económicamente hablando.
Por Antonio Morillo.
Por Antonio Morillo.