Se derriba sobre mi el astillero
de tu corazón, fulgor de la luna
que desgarra las astillas del pensamiento.
Se abruma la realidad con el perfil de la duda
certera en la acera donde me petrifican tus besos
cual rasante guadaña, placentera y desnuda
que en vida sume a la penumbra
de la locura aunque no estoy cuerdo
por deambular en tórridas dunas de terciopelo
cuando vislumbro, errado, el nebuloso sendero
tras el murmullo de desaforados truenos.
Eres estruendo que devora las telarañas
invisibles cuando bebo de tu cuerpo.
Desligas el fruto de las espigas de hiel ancladas
en mí por naufragios rememorados por el aliento
del olvido y el resuello de la llama,
por vientos que al fin perforan
mi alma con los suspiros de las noches
en las que silencio la cortante soga
demorando el tiempo para que tu voz me roce.
de tu corazón, fulgor de la luna
que desgarra las astillas del pensamiento.
Se abruma la realidad con el perfil de la duda
certera en la acera donde me petrifican tus besos
cual rasante guadaña, placentera y desnuda
que en vida sume a la penumbra
de la locura aunque no estoy cuerdo
por deambular en tórridas dunas de terciopelo
cuando vislumbro, errado, el nebuloso sendero
tras el murmullo de desaforados truenos.
Eres estruendo que devora las telarañas
invisibles cuando bebo de tu cuerpo.
Desligas el fruto de las espigas de hiel ancladas
en mí por naufragios rememorados por el aliento
del olvido y el resuello de la llama,
por vientos que al fin perforan
mi alma con los suspiros de las noches
en las que silencio la cortante soga
demorando el tiempo para que tu voz me roce.
El rostro del delirio viste sombrero de amor ,
su puñal me atraviesa y congela mis venas ,
su veneno para el gélido reloj
el licor de su nuca discurre qemando mi cuello
estremeciendo
la sien de mi preso sueño en los barrotes
de una quimera insomne.
Mi rió
carmesí sobre su pecho hierve
atardeciento en lasciva reyerta
entre sábanas de los versos
que te escribí
y los que sobre tu voz se enhebran
sesgando el látigo
del destino ruín
pues tu mirada en mí se hace eterna.
Antonio J.Morillo Carpintero
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